Refik Anadol: cuando los datos sueñan y el arte aprende a mirar

Por: Jonathan Cantillo Reyes

Por estos días, hablar de arte contemporáneo sin mencionar la inteligencia artificial es como hablar de fotografía sin luz. Y en ese cruce —luminoso, inquietante, fascinante— aparece una figura clave: Refik Anadol, uno de los artistas más influyentes del siglo XXI en el diálogo entre arte, ciencia y tecnología.

Anadol no pinta con óleo ni esculpe mármol. Su materia prima son los datos: millones de imágenes, sonidos, archivos arquitectónicos y memorias colectivas que, gracias a algoritmos de aprendizaje automático (machine learning), se transforman en experiencias visuales inmersivas. Lo que vemos no es solo una obra; es un proceso en tiempo real, una especie de sueño digital en expansión.

El artista como traductor del lenguaje de las máquinas

Refik Anadol se define a sí mismo como un “narrador de datos”. Y la expresión no es casual. Su trabajo parte de una pregunta profundamente humana:
¿qué pasa si las máquinas no solo calculan, sino que imaginan?

En proyectos como Machine Hallucinations, el artista entrena sistemas de inteligencia artificial con enormes archivos visuales —ciudades, paisajes, obras de arte— para que el algoritmo genere nuevas imágenes que no existen en el mundo físico, pero que se sienten extrañamente familiares. No son copias ni collages: son interpretaciones algorítmicas de la memoria humana.

Aquí ocurre algo clave: el error de la máquina, su “confusión”, se vuelve estética. La falla deja de ser un problema técnico y se convierte en poesía visual.

Arquitectura que respira datos

Uno de los sellos más impactantes de Anadol es su trabajo con arquitectura y espacio público. Fachadas de edificios, museos y plazas se convierten en lienzos vivos donde los datos fluyen como organismos en movimiento. La ciudad deja de ser un objeto rígido y pasa a comportarse como un cuerpo que recuerda, late y se transforma.

Estas instalaciones no se observan: se habitan. El espectador ya no es un visitante pasivo, sino parte de un entorno sensorial que combina escala monumental, sonido envolvente y visuales generadas en tiempo real.

Memoria, ética y futuro

Más allá del impacto visual —que es innegable—, la obra de Refik Anadol plantea preguntas incómodas y necesarias:

  • ¿De quién son los datos que alimentan a la inteligencia artificial?
  • ¿Puede una máquina tener memoria cultural?
  • ¿Estamos diseñando tecnologías que amplían la sensibilidad humana o que la reemplazan?

Anadol insiste en una idea poderosa: la inteligencia artificial no debe ser solo una herramienta de control o productividad, sino un espacio para la imaginación, la empatía y el asombro. En un mundo saturado de pantallas y algoritmos invisibles, su arte hace visible lo invisible.

Arte para una nueva sensibilidad

La obra de Refik Anadol no intenta competir con el arte tradicional; lo expande. Nos obliga a repensar conceptos clásicos como autoría, creatividad y obra original. Aquí el artista no trabaja solo: colabora con ingenieros, científicos de datos y, de alguna manera, con la propia máquina.

En tiempos donde la tecnología suele asociarse al frío cálculo, Anadol propone algo radical: una estética del asombro digital, donde los datos no solo informan, sino que emocionan.

Quizás por eso su obra conecta tan bien con nuestro presente. Porque en el fondo, entre pantallas, algoritmos y memorias fragmentadas, seguimos buscando lo mismo de siempre: una imagen que nos ayude a entender quiénes somos… incluso si esa imagen viene soñada por una máquina.

Redes sociales

Refik Anadol
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Jonathan Cantillo Reyes – Jonathan CR
Periodista cultural y Fotógrafo
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