POR QUIÉNES SUENAN LAS CAMPANAS

Por: William Castro A.

Barranquilla es una ciudad ruidosa por excelente. Sus calles articulan un entramado de barrios que advierten el apelativo de “popular”, por tratarse de los escenarios de muchas de las fiestas y encuentros que durante años han reunido a personas de todo el mundo, para a veces tan solo celebrar la vida de los olvidados de la violencia y adversidades de raza, religión y estatus social.

Es en esa Barranquilla sonora donde me sumerjo a diario, para escuchar cómo confluyen diferentes voces del anonimato en un mismo vaivén de encuentros y desencuentros con el folklore, la danza y el teatro cotidiano; porque el barranquillero es todo aquello capaz de tocar los sentimientos del otro en un instante, sin valerse de tiempo o espacio, y sí, en cambio, de su espontáneo carisma y espléndido ser circunstancial.

Si me preguntan a qué me suena Barranquilla, respondo que su sonido es una música semejante a la voz de una madre que todos los días nos vuelve a dar la luz.

Desde muy niño he sabido lo que es vivir entre el ruido y el anonimato de esas calles, cuyos nombres mi abuela evoca con nostalgia, pese a no haber nacido aquí. Yo fui criado en uno de esos barrios populares, que limita con cuatro avenidas del folklore urbano: La avenida Murillo Toro (antes calle del Dividivi, la más antigua registrada), donde las marchas y protestas se hacen escuchar de Sur a Norte, paralizando el sistema hasta la Plaza de la Paz; la avenida Veintiuna, conocida por sus discos y casinos del pecado, al viejo estilo de Las Vegas; La Catorce, por su jardín botánico y calles anchas sobre las que desfila la gran parada Carlos Franco del Suroccidente; y La Treinta, la Calle de las Vacas, donde transitan sin descanso los buses intermunicipales que conectan a La Puerta de Oro de Colombia con los pueblos hermanos del Atlántico: Baranoa, Malambo, Usiacurí…

Foto: Adriana Mangones Cervantes

Entre el ruido y el anonimato

Al andar por las calles de Barranquilla (imagínese, por ejemplo, durante un ‘puente festivo’) es imposible ignorar a aquellos que una vez despejados de la rutina diaria se entregan al reposo en las terrazas de sus casas, o en las tiendas, parques, esquinas, a departir en tardes de tertulia y chachareo que entre amigos y familiares se pueden prolongar hasta la noche, inspirada por distintos ánimos y el humor esparcidos en el entorno, como los sonidos que subyacen del pick-up y las interacciones que al final se conjugan con los movimientos del cuerpo para dar vida a un lenguaje único: el del costeño. Pero más impresionante aún me resulta la forma cómo tales individuos pueden sostener una conversación amena bajo el manto de una capa ruidosa, que, en lugar de obstruir el intercambio sonoro, permite que este fluya con la naturalidad caribe, un estímulo para el diálogo.

En ese sentido, el ruido dejaría de producir los mismos efectos de distorsión auditiva que, en otro contexto, provocaría confusión entre las personas. Aquí deja de cumplir su función de ruido para volverse bulla. La bulla en Barranquilla es una atmósfera propicia para la conversación callejera, el momento perfecto en que los sonidos se condensan de tal manera que cualquiera puede servirse de la situación para conversar como si se estuvieran encerrados dentro de una burbuja (acepción etimológica del vocablo latino “bulla”). Por lo que la relación entre unos y otros sujetos no dependería del espacio en sí, sino de las circunstancias prescritas por el instante en que se da el encuentro, sin importar de que se trate de completos extraños librando una conversación anónima que bien podría o no quedar guardada en el recuerdo. 

Una vez en bicicleta volvía de lejos a mi casa, bajando por toda La Veintiuna un sábado en la noche; discos, casinos y estaderos abrían hasta tarde para retumbar oídos de vecinos y peatones, igual de latentes como el asfalto bacheado que a los transportes de La Carolina, Sobusa, Coolitoral pone a saltar sin paracaídas, hasta que de adentro alguien emite un ¡Ayyy! tan fuerte que yo alcanzo a escuchar a tiempo con los lamentos de una vendedora ambulante, cruzados al compás de los pregones de Héctor Lavoe en El día de mi suerte. A esa vendedora me acerco para comprarle algo de beber.

“¡Joda! Ahora ya nadie viene por acá a bailar, a tomar… (Estoy cansado de tanto esperar). La pandemia cambió todo y eso nos ha afectado mucho. Salgo a trabajar como puedo (Y estoy seguro que mi suerte cambiará), esperando que alguien me apoye con su mano amiga” (Pero, ¿Cuándo será?).

El Murillito

Foto: Adriana Mangones Cervantes

En otras ocasiones que no he estado sobre ruedas y se me ha hecho igual de tarde para regresar, a mi rescate llega el Murillito derecho, el articulado de buseta del que se rumora que sale de Soledad para recorrer toda Barranquilla, de Sur a Norte y viceversa, recogiendo borrachos, trabajadores de turno, estudiantes y demás personas a las que, como yo, les ha agarrado la noche en la escasez o el desánimo de tomar un taxi que por la hora se ciñe a elevados precios.

“¡Habla, llega, Murillo derecho, el terminal, Soledad 2000, ¡Metrocentro…!”, vocifera el asistente del conductor, cuando este último recibe mi pasaje y arroja sin ver las monedas a la cajuela, produciendo un agudo “¡Chasss!” . El bus arranca, el motor que estaba como máquina de helados: “Trrrrrr”, pasó a sonar como comúnmente asociamos desde pequeños: “Prruummm”, solo que, con un toque de fiera más enervada que descarga sobre la próxima esquina al derrapar en seco para subir a más pasajeros. «¡Ñeerda viejo Toño, va tocá salir más temprano!”, le dice al pasajero que se sienta a su lado y que en realidad es otro compañero suyo, y éste le contesta: “En la juega, que en el portal están los tombos andando”, ¡mientras bocinas y placas de ‘di jei‘ resuenan a través de unos bafles viejos que «hoyyy esss vieerneesss con Olímmmmpica Estéreooo!»

Buscando medias

Cuando he cruzado La Diecisiete, conocida en el argot popular como la Calle Ancha, ha sido para realizar mandados menores sobre La Catorce, tal como la vez en que fui a comprar medias cerca a la Olímpica, donde varios almacenes de ropa, tecnología y misceláneas colocan sus parlantes en la entrada para avisar que están abiertos, que pase por aquí, mi rey, que qué andaba buscando, mi señora, y así hasta que persuadido ingresé por alguna puerta confiado en que allí iba a encontrar lo que buscaba. Sin embargo, más temprano que tarde me daría cuenta de que la respuesta a mi búsqueda volvería a encontrarse en la calle.

“¡Ey amigo! ¡Son tres pares de medias por tres mil”, exclamaba a los cuatro vientos un señor que portaba una carreta de la que colgaba un sinnúmero de medias, así como un pequeño parlante y micrófono con el que que amplificaba su voz cada que repetía: “¡Tres pares de medias! Hay taloneras, tobilleras, para caballero, para dama…”. Fue así como acercándome le pedí que me vendiera. “¡Eso va, son tres por tres!” dijo ahora, y yo procedía a sacar la cartera, cuando de pronto escucho que empieza a cantar improvisadamente algo que se asemejara a una champeta, de esas que sonaba de fondo desde una de las tiendas, solo que empleando de letra la misma frase: “¡Eso va, eso va, eso va, tres por tres, tres por tres, tres por tres…!”.

El Centro

Foto: Adriana Mangones Cervantes

Convencido hasta este punto de que en algún lugar situado entre el ruido y el anonimato de las calles estaría la bulla esperándome en su esfera, opté por dirigirme hacia el corazón aún no mencionado de la ciudad, el gran Centro Histórico, para probar mi suerte con una trabajadora sexual de La Treinta que, acostumbrada al fragor de la maquinaria pesada y carpintería, al igual que la suma concéntrica de todos los bares, restaurantes, tiendas y almacenes del Boliche, no supo en principio qué responder cuando le pregunté sobre la historia de su vida, sino hasta que fue posible hacernos de unas frías con las cuales amenizar el instante.

“Soy de Maracaibo, y por razones que ya todos conocemos tuve que dejar mi tierra para venir a trabajar en Barranquilla. El viaje ha sido duro y, como dicen por ahí, ser parte de un lugar para llegar a otro, donde me espera una familia que no es la mía, y que en su momento me ayudó a vender tinto para enviarle lo que pudiera a mis tres hijos”, inicia diciendo estas palabras con las que su voz y llanto se quiebran, dejando tras de sí un silencio sonoro de puntos suspensivos que se prolongan hasta que motos y camionetas que empiezan a pasar con sus bullosas propagandas de ¡Venga hoy y compre, para darle una bendición a su hogar!”, se pierden como relámpagos en unos versos de Diomedes Díaz: “Mira que ella está estudiando, tiene su novio y se va a casar”.

“Fue así como luego trabajé en una tienda, después en los buses, hasta que entré en la prostitución por necesidad, no porque quisiera”. A lo lejos resuena ahora una estrofa de “Trampolín”, herencia de El Gran Combo de Puerto Rico en La Arenosa, que en su coro “Trampolín de tu amor, mujer ingrata”, sienta la nueva vida, entre el dolor y la amargura cíclica de una mujer fracasada. “Muchos nos critican y piensan que por eso soy menos que los demás, pero no, yo creo que tengo el mismo valor y que soy una guerrera”. Mucho más cerca empieza a sonar en un picó “En Barranquilla me quedo”, del Joe Arroyo.

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