METEORO E IMAGINARIOS MACONDIANOS

Por: Jonathan Cantillo Reyes

Hace años le di a leer a mi padre un cuento de Gabriel García Márquez. Su respuesta fue: «¿Y por eso le dieron un premio? Puros cuentos de viejo de pueblo. Allá en el pueblo había gente que echaba mejores historias».

Indudablemente, después de evaluarlo, pensé que tenía razón. Sin embargo, la literatura de tradición oral suele pasar desapercibida hasta llevarse a la escritura. Y no basta con eso, sino tienes un aparato o una maquinaria de mercado es casi imposible lograr grandes gestas. En el caso del nobel, tuvo una estructura social, económica, de mercado y muchos otros factores que favorecieron su alto grado de impacto en sus publicaciones.

GGM tenía la educación y experiencia con la pluma que le permitió tomar historias de pueblo del Caribe a las que les quitó el sombrero y las abarcas para vestirlas del frac caribeño: un pantalón y una camisa guayabera en lino olán. El olán hace que caribeño de la costa caribe colombiana deje de tomar frías en cualquier tienda de la esquina para consumir cóctel en la Cueva. La que un día fue un tomadero corriente, y hoy es una pasarela de snobs y geriátrico de pseudo intelectuales con abultadas billeteras vestidos en olán.

Si García Márquez no hubiese sido criado en el Caribe colombiano, no hubiera podido crear un nuevo nombre a las realidades inverosímiles de nuestra idiosincrasia. Hace mucho que los indígenas de América fueron tildados de ignorantes, y aún, siguen siendo presa de burlas por cambiar oro por espejos. Lo cual me parece atrevido. Los nativos simplemente se acercaban a algo que no tenía valor para otra cultura, la de los españoles, pero para ellos tuvo mucho valor temporal. Los invasores no tenían ética y, por ende, aceptaban desmedidos trueques. Si las cosas hubieran sido al revés, que los españoles dieran en exceso por algo de poco valor, muy posiblemente los nativos les hubieran dado de vuelta el exceso.

Me pasó con el cachaco de una tienda, dada mi prisa, al comprar unas baterías pagué con billetes doblados y arrugados que saqué de mi bolsillo y el tendero me dio un billete de vuelta pues le había dado dos iguales como si fueren uno solo, lo hizo pese a que no me conocía. Hoy aún hay gente con esa ética, personalmente, me considero uno de ellos. Sin embargo, también hay muchos que, como los invasores ladrones, llegan con el fin carrasquillear o abudinear incautos con tretas de dinero fácil. Existen los siempre vivos y vigentes negocios multinivel con una estructura de pirámide legal. Tienen un producto mediocre que venden a precios exorbitantes con el fin de que otro abajo compre esa porquería y la venda a otros con ansias de salir de la mala condición económica, para conseguir atractivas ganancias. O en una mayor escala, las estructuras de negocios en la bolsa de valores, en las cuales, los únicos reales triunfadores son los comisionistas que empujan a los más ambiciosos a caer en burbujas de negocios que se revientan para dejar a muchos sin sus ahorros de toda una vida.

Actualmente, crece una indescifrable venta de mercados virtuales, en las cuales todos desean encontrar un José Arcadio que les compre pececillos de oro llamados criptodivisas. Con estas ya ha habido más de un Melquiades que se ha desaparecido, dejando sin nada a los taimados que han tenido fe en el sueño del dorado.

Mientras tanto, en Macondo, hoy vivimos nuestras propias, fantasías. Ilusiones, tal vez sanas, de credulidad cuasi vergonzosa, en las que invertimos algo menos doloroso que el dinero, cosas simples, con las que todos juegan siempre y entramos en esos contratos que parece nos duelen menos. En realidad, acá nuestro sentido del dolor es muy flexible, que nos roben 70.000 millones de pesos nos duele menos que un fin de semana sin La Troja. Nos duelen menos los desalojos de todos los barrios desde Siape hasta que lleguen a Barlovento para tener un pavimento para caminar al lado de un río que carga la basura de todo el país, y en cual, las empresas de la ciudad de encargan de poner su grano de arena o de mierda.

Duele menos, una ciudad que deja perder el Amira de La Rosa, Bellas Artes, el Museo del Caribe, Museo romántico, sin construir el Museo de Arte Moderno, pero tiene la Ventana al mundo y la Aleta del Junior como Isologos empresariales que se hacen ahora logos de Ciudad. Si seguimos mencionando la lista de pérdidas, por aparente progreso, no terminamos el comentario y derivaremos en una dolorosa tesis.

Pero ¿qué hacer ante semejante zafarrancho? ¡Quién lo vive es quien lo goza!

Barranquilla es un auténtico Carnaval entonces solo hay una salida y es carnavalizar todo.

El cine es de mis más grandes pasiones, así que usaré un par de ejemplos ilustrativos.

Edward Bloom personaje protagonista de El Gran Pez, dirigida por Tim Burton, le cuenta a su hijo, su vida. A su hijo le cuesta mucho aceptar ese gran aparato discursivo que funde la realidad con la fantasía. Al final el padre le dice: «¿qué prefieres que te diga? ¿que no puede estar en tu nacimiento porque estaba trabajando o porque atrapé al gran pez?»

En la cinta La vida de Pi, escrita por Yann Martel y que al ser llevada al cine fue dirigida por Ang Lee, cuenta la historia de un muchacho que naufraga después de viajar escapando de su tierra con su madre y un grupo de acompañantes disímil. En la embarcación surgen inconvenientes que derivan en una terrible tragedia. Sin embargo, toda la historia es contada de manera fantástica mediante una gran metáfora, tal vez una alegoría visual. Finalmente, un periodista le pregunta si eso de verdad sucedió. El protagonista llega el mismo punto: «¿Cuál historia te gusta más? ¿La del tigre o la real?»

En La vida es bella el padre cuenta una realidad alternativa a su hijo para que pueda escapar a lo que sucede en el mundo real. Hasta Homero Simpson cuando pierde el hilo de una cinta crea su propia película.

En Macondo vivimos realidades alternativas para evitar vivir la verdad.

Aquí en los años setenta hubo un caso mediático de un hombre que se creía perro. Aquí, en los años noventa las Barbies se tomaron la un Vivero. Aquí, hace 24 años una mujer iba a tener 9 niños. La barriga’e trapo, fingió un embarazo con el que engañó medios nacionales e internacionales por amor. Tan bella. Aquí, en 2014 media ciudad salió a festejar un campeonato del Junior que nunca existió. Aquí, en Barranquilla, vino Tarantino, o nunca vino. Y esta semana cayó un meteorito, que por sus dimensiones debió dejar un cráter del tamaño del metropolitano y consternar a toda la ciudad con su impacto. Menos mal solo tenía un fin profético y hasta Superman apareció, un poco deslucido Henry, pero ahí estuvo. Una ilusión gratificante que se derrumbó al ser expuestos los aliens que pintaron la roca.

Barranquilla sabe cantar, pero con memes. Y solo da martillazos sobre sí misma, destruyendo todo lo que puede para seguir con su agenda anticultural y antieducativa, que solo llena de ilusiones de un Caribe, ni blanco, ni azul, sino sucio como las aguas de su río y sus mares cercanos. Ilusiones de un Caribe que se crea y cree sus propias fantasías para no mirar ni llorar sobre su realidad.

Agradecimientos a Miguel Amaya por la imagen montaje.

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