CUENTO: EL NIÑO DESDE LA VENTANA

Por Jonathan Cantillo

Esa tarde todo estaba más oscuro que de costumbre, daba la impresión de que estaba a punto de llover, no obstante, era una sensación que pocos alcanzaban a comprender. El mundo giraba con la displicencia que le acostumbraba, con ese desinterés por sus tripulantes. Y estos parecían no estar interesados en él. La gente se balaceaba de acá para allá en la danza común de los domingos. El parque estaba atestado, eran algunos, los que jugaban, otros, los que paseaban y otros tantos, los que se movían erráticamente junto a aquellos otros que parecían disfrutarlo, como si sus actuaciones tuvieran un sentido válido.

Miguel los veía y trataba de entender mientras se dirigía al café. Sus pasos bien pensados lo dirigían hacia la ruta, buscó el lugar más apropiado para cruzar. Decidió que lo más prudente era bordear el parque ya que de ese modo podría ver a todos sin estorbarlos y sin que le estorbaran su rumbo. En todo caso él tenía prisa. No obstante, el niño le quitó la simetría y ralentizó su libre fluir hasta el punto de hallarse a sí mismo en un falso reposo, pues ante la inmovilidad de su cuerpo, sus pensamientos disentían de su ser, no podía dejar de ver y pensar en ese punto negro en una sábana blanca, o era quizás, una lumbrera en la oscuridad. El niño estaba en una de esas sillas que se mecen de adelante hacia atrás, y sin embargo no le daba utilidad, estaba inerte e introspecto y parecía saber la solución a algo que otros no sabían o simplemente era una bella variable que evidenciaba su nivel de tontedad.

Era tan inusual, tan diferente. Luego escuchó una voz que lo obligó a salir de ese

lugar e instalarse en el café.

Allí estaba Bartolomé, lo esperaba en el interior del lugar con una taza de café para sí mismo y una aromática para Miguel. Eso no le gusto, la situación, amaba el tinto y

Bartolomé lo conocía desde un chicuelo. Sabía más que nada, que no le incomodaba tomar otra cosa, pero siempre habían tomado tinto. Un asunto de este tipo es importante, pues era un cambio, y en estas instancias cualquier tipo de cambios de último momento, no era bueno. Al menos había escogido un buen lugar cerca de la ventana. Al principio se preguntó por qué, pues la terraza del lugar daba una mejor vista. ¿Entendería de algún modo que ese día era diferente?

Bartolomé comenzó su saludo con un buen apretón de manos y pareció dudar en si era necesario darle un abrazo o no, su duda eligió por él, la última opción fue la que tomó. Al sentarse empezó a hacer preguntas estúpidas. “¿Cómo estás? ¿Qué has hecho? ¿Cómo va el trabajo?” y otras tantas más de carácter intrascendente. Alcanzó a aburrirse y dio un vistazo al mundo de allá afuera. Y todo el circo continuaba igual, una función tras otra, se iban unos payasos y llegaban otros, pero el niño seguía ahí.

Miguel se cansó del circunloquio y quiso saber la razón por la cual Bartolomé se atrevió a venir, joderle su tranquilidad, con su presencia, él estaba solo con sus pensamientos, y así debía ser. La soledad de un hombre debía ser respetada, pero era algo que ese ladrón de felicidad no parecía entender.

Bartolomé empezó a presentar las nuevas. “El hombre no se va a salvar, después de varios meses, no pudo. La semana pasada lo desconectaron y el parte médico dice que le quedan un par de días”.

Era de esperarse, Miguel lo esperaba, lo sabía, no todo podía resultar apropiado para él. Algo debía salir mal, y el dolor lo embargaba. No era un dolor cualquiera, era uno de esos dolores de los cuales no se puede salir fácilmente. Esa situación acababa con todo, con sus pensamientos, con los trazos que esbozaban lo que pensaba que sería su mejor lienzo, su obra magna no vería la luz, no podría seguir escribiendo una página más, no era prudente, qué debía hacer, se preguntaba. Miguel encogió sus hombros alzándolos un poco, luego se levantó por segunda vez y miró a través de la ventana.

Bartolomé, en medio de su ineptitud, parece haber sido un especialista en tauromaquia pues al ver la situación atentó: “He llegado a un arreglo, si te entregas te harán rebaja de pena y con paciencia ganaremos algunas prebendas más”.

No podía creerlo, el niño seguía en su lugar, a pesar de que todo era oscuro y las nubes se expresaban lo que Miguel nunca haría, él era razonable, las nubes, eran nubes, el niño era diferente. Todo debía tener un sentido, menos esto, él era alguien poco tradicional, poco corriente, pero no por eso merecía este desenlace, al fin y al cabo, era solo un hecho fortuito.

Pero ¿acaso es la vida un conjunto de hechos fortuitos? ¿Algunos sí y otros no? Esa conversación con Bartolomé ya no tenía sentido, nada tenía sentido, ya él había cumplido su papel, debía salir de la escena. De modo que lo dejó atrás, con algunas ganas reprimidas de darle un par de puñetazos. Pero no se preocupaba, alguien más se los daría después. Ahora tenía cosas más importantes que hacer. Pasó al lado del niño y juntos compartieron una mirada. El niño se levantó y ambos siguieron su camino. Miguel entró a su apartamento abrió la ventana y buscó la forma de darle un final rápido a su obra, al salir el sol ya sería tarde, no había tiempo para prudencias y temores. De manera que no podía dormir, aún no, hasta hallarle solución. A la mañana siguiente hasta la ventana solitaria del apartamento de Miguel se escuchó la noticia, “Un niño fue encontrado colgado en el parque”.

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