APUNTES SOBRE EL ENCIERRO

La vida no es al fin y al cabo más que un nudo de rencores inextricables. – Gao Xingjian, La montaña del alma.

Por: William Castro A.

Antes que temor al contagio, en nuestra mal llamada “nueva normalidad” existe el miedo a quebrantar la ley, a desobedecer una autoridad sin juicio ni orden claros; de frío actuar, capaz de reducir el mañana a este breve instante, donde me acecha la incertidumbre de saber si seré o no un criminal para las cuerdas del sistema.

Durante todo este tiempo transcurrido desde el inicio de la pandemia, hasta el día de hoy las personas se siguen dividiendo en dos tipos: Las que toman la decisión de salir de casa y aceptar las consecuencias que ello trae, y aquellas que, arbitrarias a su edad, salud o economía, deciden seguir en confinamiento al ser este la única forma de aislamiento real. No hay otra electiva. Por lo que las tecnologías se han convertido en el último medio para avisar que estamos aquí: Nuestro último refugio.

Pero si hay algo en común que comparten ambas clases de personas, es el hecho inevitable de desarrollar un rencor hacia sus propias decisiones, tras encontrar estas sujetas al mismo destino: El crimen.

¿Cuántos no han cedido a la creciente necesidad de salir a aplacar el hambre, en el infortunio de no contar con un trabajo a distancia? ¿Cuántos no lamentan ser deudores en lugar de acreedores de los bienes que siquiera les permitan realizar tales labores? ¿Cuántos no sucumben a una pasión o ser querido, cuya sensación de abandono les ha incitado a la actuación irracional? Repito: Todos tienen en común el crimen como último destino, al violar las leyes de una “nueva normalidad” capaz de hacernos sentir inservibles los días en que nuestro género e identidad  no coincidan con el pico de salida.

Somos criminales en la medida que sigamos aceptando el encierro como parte normal de nuestras vidas, o bien, que lo rechacemos con voz unísona y protestante. Ya lo dijo Dostoyevski hace mucho tiempo: el crimen no es otra cosa que una protesta contra un orden social mal organizado, en el que no se admite obedecer otras causas distintas a las impuestas, aunque sea por influencia irresistible del medio.

El novelista ruso representa en Crimen y castigo lo que serían las consecuencias reales del crimen, haciéndolo ver como una cuestión psicológica antes que física, en la que el concepto de “confinamiento” es entendido desde la mente. Es por ello que Raskólnikov se trata de un personaje que a pesar de estar resguardado en su casa después de haber cometido un asesinato, percibe en su habitación el mismo aire de una cárcel (culpa), donde los espacios se tornan cada vez más estrechos y las visitas sus únicos momentos de lucidez.

Pero contrario  a las palabras de Raskólnikov respecto a que el criminal sea siempre un enfermo en el instante de cometer sus actos, creo más bien que, como en su caso, el criminal empieza a enfermarse es después de cometer el crimen, cuando el encierro se consolida paulatinamente en la conciencia del personaje, y es la naturaleza misma la que finalmente se encarga de hacerlo pagar.

Estaríamos, pues, ante una sociedad regida por leyes tan invisibles como su autoridad, quien es la realmente encargada de tomar decisiones por nosotros; aquellas que quiere hacer suyas y luego, en un intento malogrado, pretender que nos adaptemos al cambio una vez enfermos de monotonía, de formular tantas preguntas sin destinatario, pero sobre todo de insistir, persistir y resistir en las fauces de una virtualidad que nos ha proporcionado esta autonomía simulada.

En la misma esfera de Occidente, donde antaño la humanidad ha sufrido las peores pestes de la historia, el hombre moderno es “preso de su libertad”, como escribiría Kafka en Informe para una academia, relato en el que, muy a lo inverso de La metamorfosis, los animales se convierten en humanos asombrados por el nuevo mundo, heredero de un sistema tan innovador como decadente, pero a fin de cuentas incomprensible. Así lo ve Pedro el Rojo, un simio que librado del cautiverio para hacerse hombre en dicha civilización, informa a la más honrada comunidad académica el preciado logro de alcanzar la cultura europea tras haberse despojado de todo anhelo de libertad.

Para otros escritores de la época como Fernando Pessoa, el encierro consiste en un problema individual y no colectivo como plantea Kafka, reflejando en su propio modus vivendi fragmentado en incontables heterónimos, el inconformismo de manejar siempre una personalidad y no otra irreconocible por la sociedad que contrarrestaba a través del diario aislamiento. Pero volviendo a Kafka, es de analizarse cómo su obra sienta las bases de una doctrina que posibilita la vida humana, declarando que toda verdad y toda acción implican un mínimo de subjetividad: el existencialismo.

Es necesario partir de la subjetividad, declara Sartre en su conferencia de El existencialismo es un humanismo, pues el hombre no es otra cosa que aquello que de él mismo hace. Sobre estas palabras se funda el principio filosófico: “la existencia precede a la esencia”, ya que el sentido o valeur de la vida es incognoscible para el ser humano fuera del conocimiento que de sí mismo posee. Y es siguiendo este principio que Sartre rescata el razonamiento kafkiano, al proponer como segundo fundamento existencialista que “el hombre está condenado a ser libre”, y por ende sus decisiones no son regidas en sí por una estrictaindividualidad, sino que con ellas determina a todos los hombres.

En síntesis, el encierro es concebido por el existencialismo desde la subjetividad pura, haciendo ver el aislamiento más bien como un espacio que le permite al hombre comprender su soledad, y no, en cambio, preocuparse por ser solidario y atender la de los otros. Solo así sería posible sobrellevar nuestras vidas durante el confinamiento, alejados de malestares como la angustia, la desesperación y el abandono, si suponemos que elementos como las artes no constituyen sino un medio de escape efímero para aguantar todo el peso que significa tomar una de las dos decisiones limitadas por esta pandemia: Salir o no salir, he ahí el dilema.

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